martes, 10 de julio de 2012

¿Puede un gato manejar un iPad?

Pregunta que os lanzamos de inmediato. Tic, tac, tic, tac... Os habéis quedado perplejos, ¿eh? Pues así nos quedamos nosotros también cuando recibimos el relato de un usuario que pasamos a contaros ipso facto. Por cierto, él sigue igual de sorprendido que nosotros. Y eso que es el dueño del gato…


Miguel tiene 40 años. Vive en una pequeña ciudad de provincias. Buen trabajo (a Dios gracias, como bien nos decía en su e-mail), buena remuneración y una calidad de vida muy aceptable. Tanto, que cuando le ofrecieron trasladarse a otra ciudad más grande para dirigir uno de los departamentos de la empresa para la que trabaja, soltó un no que aún retumba en las paredes del despacho de su jefe. Así de rotundo. Comparte casa, comida y momentos de esparcimiento casero con Watson, un gato callejero que adoptó en una asociación. Sin pedigrí pero más ‘salao’ que las pesetas, como bien dice Miguel.

Las pasadas navidades Miguel recibió un regalo especial de alguien muy especial: el nuevo iPad. La alegría fue inmensa porque llevaba tiempo detrás de una de estas tabletas, y desde el primero momento uno y otra se hicieron inseparables, con el consiguiente enfado de Watson, el gato, que veía invadida su íntima amistad con su dueño a manos de un pequeño, negro y cristalino cacharro. Para evitar problemas, Miguel decidió asegurar el iPad (¡bien hecho, Miguel!) y así evitar cualquier trastada de Watson que tuviera como protagonista su nueva tableta, y comprar una funda resistente por si al minino se le ocurría cometer alguna de las habituales fechorías que realiza con muebles y cortinas.

Hasta que un día, mientras trasteaba con el iPad tumbado en el sofá de su casa, recibió una llamada al móvil de esa persona tan especial para él. Como bien dice Miguel, se le fue el santo al cielo. Y a la tierra, mejor dicho al sofá, se subió Watson, el gato, que comenzó a olfatear con curiosidad el objeto de los nuevos cariños de su amo. Cuál fue la sorpresa del gato que al deslizar sus patas sobre la pantalla (carece de uñas ya que está ungulado), ésta se movía a su antojo. Y Watson comenzó a abrir aplicaciones, que iban pasado una tras otra ante sus curiosos ojos. Tanto como los de Miguel, que al regresar al sofá y ver a su gato distrayéndose con el iPad no pudo más que sonreír, y después echarse una buena carcajada.

Y así ha querido que lo sepamos todos. Para todo lo demás, telogarantizo.

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