jueves, 5 de julio de 2012

Por desgracia, tan real como la vida misma

Ni en las mejores novelas de Tom Clancy se puede encontrar una historia así. Y quien nos la ha contado a través del correo, reservándose el anonimato, la vivio tal cual, y así ha querido compartirla con todos vosotros. Es completamente verídica, y concluye con una gran recomendación para todos aquellos que se vean en una situación parecida. La cosa va del robo de un smartphone en el centro de Madrid, una terraza, dos ladrones y una persecución por las calles aledañas a la Plaza Mayor...


Plaza de Ramales, dos de la madrugada de un caluroso sábado de finales del mes de junio. Las terrazas se van vaciando de gente aunque aún queda alguna que se consume entre risas y tragos relajados. En una de aquéllas, dos parejas apuran la conversación entre últimos tragos a sus cervezas. Sus caras serenas apenas reparan en un par de hombres de aspecto rudo, lengua dura y rápidos movimientos que han puesto sus ojos en ellos. Y más que en ellos, en un smartphone de última generación que reposa descuidado sobre la mesa de la terraza que ocupan las dos parejas. Los extraños recién llegados hablan entre sí, cuchichean brevemente antes de acercarse al lugar donde las parejas mantienen una conversación en la que las risas son las protagonistas. De pronto, uno de los extraños les interrumpe, folio en mano, y les dirige unas breves e inconexas y difíciles de entender palabras que su parco dominio del idioma le permite. Uno de los integrantes de las parejas trata de quitárselo de encima como puede, y lo consigue. Los dos extraños se alejan con paso creciente de la plaza. Aquél va a tomar su copa de cerveza y abre los ojos desmesudaramente: ¡le acaban de robar el smartphone delante de sus narices!

Sin pensárselo, se levanta y sale corriendo en pos de los dos hombres que cree responsables de la desaparición de su terminal. Atrás deja las voces asustadas de su mujer y de los miembros de la otra pareja. Los dos extraños se han percatado de que alguien les persigue a la carrera y le imitan, multiplicando sus pasos, que resuenan en las vacías calles aledañas a la Plaza Mayor. La carrera se vuelve loca, impregnada del calor que todavía rezuman las piedras del suelo a aquellas horas de la noche. El hurtado, viendo que los dos extraños se le escapan de la vista, piensa con rapidez de qué manera puede interceptarles. De pronto, le surge una idea, casi descabellada. ¿"Por qué no?", se pregunta sin aminorar la marcha. No tiene nada que perder, y puede que alguien venga en su ayuda. El grito estalla entre las cerradas y asfixiantes calles del dédalo central de Madrid, y su eco se propaga de pared en pared, de piedra en piedra:

- ¡Policía!

Es su única alternativa. Quizás haya una patrulla en las cercanías y los agentes le escuchen. Pero, para su sorpresa, los dos extraños detienen la carrera y se tiran al suelo. El hurtado, a pocos pasos de ellos, igual de aturdido, no da crédito a lo que ve: uno de aquéllos se gira lentamente y con dos dedos le ofrece el smartphone, lentamente. Trata de mantener la calma, no quiere que su repentino y exitoso farol se venga abajo. Conoce algo sobre derecho y temas legales y comprende de inmediato que los dos tipos en cuestión saben la diferencia que existe entre robo y hurto y el castigo entre uno y otro si son detenidos por la policía. Y que tampoco pueden ofrecer resistencia a la autoridad. "Listos los condenados", piensa el dueño del smartphone a la par que recupera el resuello tras la carrera. Los extraños dejan el terminal en el suelo y poco a poco comienzan a recular esperanzados de echar a correr en cuanto se encuentren a una relativa distancia del que creen que es un policía. Cuando lo van a hacer, y nuevamente ante la sorpresa de todos, aparece en el lugar un miembro de los cuerpos de seguridad del estado de paisano, este de verdad, de los de pistola en ristre y placa en el bolsillo. Ha escuchado los gritos desde un bar cercano y acude hasta allí por si es necesaria su presencia.

Los dos extraños echan a correr como alma que lleva el diablo sin dirección conocida; sólo desean escapar. Tras ellos, el policía, el de verdad. El hurtado ha recuperado su móvil, y antes de regresar junto a su mujer y la otra pareja reflexiona un instante acerca de lo ocurrido. Nunca pensó que un simple grito fuera suficiente para poner fin a una incómoda situación.

Y esa es la recomendación con la que termina su correo, a modo de ejemplo para los que se vean envueltos en una situación similar. Quién sabe, nunca está de mas gritar policía en una de estas....
Para todo lo demás, TeLoGarantizo.

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