jueves, 20 de septiembre de 2012

El Rincón de Argimiro: cómo conocimos a Argimiro

Nos vais a disculpar, pero hoy no será Argimiro quien os cuente cualquier historia, curiosidad o relato relacionado con los seguros para dispositivos electrónicos. Hoy seremos nosotros, los que le convencimos para que colaborara con nosotros, quienes os contemos quién es y cómo le conocimos y convencimos para que se embarcara en este proyecto.

La cosa podría resultar similar a un capítulo de la famosa serie de TV ‘Cómo conocía a vuestra madre’. En este caso, lo adaptaremos a ‘Cómo conocimos a Argimiro’. La cosa, más o menos, fue así:

Mañana de domingo del mes de marzo. Fría, con algo de niebla que envuelve tibiamente el centro de Madrid. El parque del Retiro presenta a temprana hora de la mañana una escasa actividad que, conforme pasen las horas, se multiplicará hasta abrumar al más solitario. Dando un paseo por las inmediaciones de su lago encontramos a un anciano de pelo blanco alborotado, bigote más propio del Siglo de Oro, seco como un sarmiento y de nariz redondeada y alargada. Nos miramos mi compañero y yo: estamos buscando un personaje en el que inspirarnos para darle protagonismo como cara de una campaña de redes sociales. Él se percata de nuestra presencia, nos mira de arriba abajo y sigue a lo suyo, impertérrito.

─ ¿Qué, buen hombre, echando la mañana?

─ Más bien echando de comer a los patos.

La respuesta nos descoloca. Si apretamos más, puede ser nuestro hombre.

─ ¿Y qué? ¿Se lo agradecen los patos?



Silencio. El hombre se concentra en su cometido. Nos mira de soslayo sin dejar de arrojar migas de pan a un grupo de patos, que más bien parece pirañas del Amazonas por la manera de abalanzarse a por el sustento que les cae del cielo.

─ Luego me aplauden. Y hasta me hacen la ola cuando me marcho… ─deja caer con cierta socarronería.

Es nuestro hombre, sin duda. Comenzamos a tantearlo.

─ ¿Cómo se llama, buen hombre?

─ Argimiro Sampedro Díaz-Cañavate Martín de los Heros ─suelta de corrido, así, como quien no quiere la cosa.

─ ¿Le podemos llamar Argimiro?

─ Como digan los patos… A ver, ¿cómo me llamo? ¡Argimiro, Argimiro, Argimiro! ─canta a grito pelado mientras suelta las migas de pan a discreción y los patos, presos de la locura, prorrumpen en un graznido único que se funde con la voz del hombre─ Pues eso, Argimiro. Los patos han hablado.

A cuadros. Así nos quedamos. Desde luego, el objetivo está conseguido. Un espécimen único en su especie, sin duda. Ahora queda convencerlo.

─ Trabajamos para una compañía y nada más verle creemos que sería usted su mejor imagen para una campaña que queremos emprender.

Argimiro vuelve la cabeza y nos dedica una mirada a medio camino entre la locura y la estupefacción. Tan intensa que incluso logra asustarnos. Después, se echa a reír.

─ ¿Y de qué va la cosa?

─ Seguros para dispositivos electrónicos: teléfonos móviles, tabletas, ordenadores personales. Hasta neveras y lavadoras.

Argimiro vuelve a coger otro buen puñado de pan de una bolsa que yace a sus pies y la rocía contra los patos que esperan el pan como si del maná se tratara:

─ A ver, patos, ¿aceptamos la oferta de estos señores?

Los patos convierten la superficie del lago en lo más parecido a los momentos posteriores al naufragio del Titanic. Sus graznidos y aleteos son para verlos. Argimiro los contempla ufano, y satisfecho se gira para decirnos:

─ Los patos dicen que les gusta eso de los seguros.

Le invitamos a que nos acompañe hasta una cercana terraza para contarle más detenidamente en qué consiste el proyecto. Y hasta hoy. Eso sí, si le veis, no digáis nada acerca de esto que os hemos contado.

Y ya lo sabéis, para todo lo demás, Te Lo Garantizo.

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