lunes, 4 de febrero de 2013

El Rincón de Argimiro: el Matías es demasiado futbolero


A mí el fútbol, pues como que pichí pichá. Vamos, que sí, que lo veo y tal, pero tampoco es que me pirre. Puede que simpatice con un determinado equipo, que no voy a decir, pero no me tira tanto como a mi compadre, el Matías. Futbolero a más no poder. El último partido que vi con él le costó el Smartphone que le regalaron por su último cumpleaños. ¿Que qué le pasó? Esto, por tonto.

Lugar, la taberna en la que nos juntamos por las tardes para jugarnos cuatro garbanzos y un par de céntimos de euro al tute. La hora del suceso –¡me encanta la novela negra, para qué lo vamos a negar!-, sobre las diez menos veinte de la noche, y el culpable, un partido de fútbol, unos cuantos vocingleros, y mi compadre, el Matías.
Jeremías, el dueño de la taberna ‘La flor de Valdepeñas’, esa donde nos damos cita los parroquianos habituales, ha puesto una tele de esas para ciegos de no sé cuántas pulgadas, y también se ha abonado a una cosa de esas de pago para ver el fútbol. Total, que la semana pasada se ve que había un partido de los que llaman gordo. Tenías que ver cómo aullaban los unos y los otros, agrupados según sus colores. Conforme el partido avanzaba, la cosa empezó a ponerse tensa, y los gritos se transformaron en algún que otro ‘te vi a arrancá los ojos como te coja’ desde un bando, a lo que se respondía desde el contrario ‘como me levante te meto un zumbío que te estallo los ojos’, y demás florituras gramaticales. El Jeremías, que hasta entonces tenía un semblante muy emocionado –vendía quintos de cerveza como churros, y la caja de ese día prometía-, se empezó a preocupar visto el cariz de los acontecimientos. Hasta que llegó el penalti. Y la gloriosa actuación del Matías.

Juro ante Dios que lo que allí se desató ni siquiera ha acontecido jamás en los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania. Mientras en la tele el árbitro marcaba el punto de penalti, unos y otros se arremetieron con lo más granado de nuestra prosa castellana, haciendo especial hincapié en los parientes de cada cual -madres de manera primordial-. Y el Matías a mi lado, que hasta ese momento se había trasegado como tres o cuatro quintos, muy callado durante lo que se llevaba jugado de partido, que me engancha la pierna y me clava los dedos de tal manera que he hizo gritar de dolor. En la tele muestran las imágenes de tres jugadores del equipo contrario al suyo, que se ríen entre ellos antes de lanzar el penalti. Entonces aprieta los dientes, se encorajina y todo lo largo que es él se levanta. Y grita:

-¡Os vais a reír de vuestra (omito el insulto, por razones obvias) madre!

Y estampa el Smartphone que tenía encima de la mesa contra la televisión de no sé cuántas pulgadas que había comprado el Jeremías. Éste se quedó blanco como la cal, aunque peor le fue a su magnífica tele, cuya pantalla se agrietó por unos lados, y en la zona del impacto quedó un boquete que ni los obuses de la guerra civil. Total, que el Jeremías, furibundo perdido, nos echó a todos del local llamándonos de todo. Que qué vergüenza a vuestra edad, panda  de abuelos degenerados, etc. Lo más flojo que oí fue ‘salvajes’, creo recordar.

Aún no nos deja entrar. Y de eso ya han pasado quince días. Y al Matías se le ha prohibido ad eternum -de chico, el Jeremías estuvo de monaguillo en la iglesia de su pueblo-. Además, le ha dicho que le piensa cobrar la reparación de la tele y no sé cuantas cosas más por daños y perjuicios.

¡Ah! El Matías se quedó sin Smartphone como yo sin abuela. Aunque eso es otro cantar.

Pues eso, como siempre, vuestro amigo Argimiro, el Garantizador, que lo mismo os aseguro un Smartphone –el Matías no tenía asegurado el suyo- que un iPad o una cámara de fotos.

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