martes, 8 de mayo de 2012

¿Realidad o ficción? Desgraciadamente, realidad

¿Eres dueño/a de una mascota doméstica? ¿Esa mascota doméstica es un gato? Si es así, procura no dejar tu portátil encendido y, ni mucho menos, abierto. Puede ocurrirte lo siguiente. Sólo tienes que seguir leyendo...

Ya os iréis dando cuenta de nuestra querencia por contar en este blog cosas que, aunque parezca mentira, suelen pasar. Y más de lo que parece. Si el episodio del padre al que su bebé le orinó sobre su flamante nuevo HTC os pareció sorprendente, las líneas que siguen a continuación os dejarán con la boca abierta. Más que nada porque os puede pasar en cualquier momento.

Marisa tiene una preciosa gata, Melani. Un ejemplar de Gato Noruego del Bosque. Pelaje gris suave, tirando a ceniza, limpia y cariñosa como pocas. Para comérsela, vamos. A Melani le gusta retozar encima de las piernas de su dueña o, ya en el summum del placer, dormitar sobre ella mientras Marisa descansa tumbada en el sofá. Sin embargo, hoy Marisa está hasta arriba de trabajo. Es más, hasta se lo ha traído a casa, cosa que sólo hace cuando no le queda más remedio. 

Despues de trabajar más de dos horas sin parar tras la cena, y mientras Melani observa a su dueña tumbada en la alfombra del salón, Marisa se quita las gafas, se suelta su larga y lisa melena morena y guarda varios papeles en una carpeta. Bosteza largamente: tiene sueño y está cansada. Camino de la habitación (vive sola en un céntrico piso de una gran ciudad, dos habitaciones, baño y cocina americana por el que paga un irrisorio alquiler gracias a las artimañas de un amigo gestor inmobiliario), coge en sus brazos a Melani y la frota contra su cuerpo. La deja nuevamente en el suelo y se acuesta, cayendo doblada encima de la cama.

Melani echa en falta el calor de su dueña y da vueltas con parsimonia por el ahora oscuro y vacío salón hasta que detecta un lugar del que procede ese calor que tanto extraña. Al fin lo detecta: procede de la mesa. De un ágil salto asciende a ella y encuentra su premio: un confortable lecho, algo duro al principio, sobre el que le vencerá una inevitable modorra.

A la mañana siguiente, Marisa se despierta con las primeras luces del día. Por delante, una nueva y larga jornada de trabajo. De pronto, repara en la gata. Un grito resuena en todo el pequeño salón. Melani, asustada, da un respingo y corre huyendo del lugar. Marisa se lleva las manos a la cabeza: el teclado está mojado: su gata no sólo ha pasado una tranquila y cálida noche, sino que también se ha orinado en el teclado. Horas después, cuando muestre el portátil a un informático de su empresa, éste se encogerá de hombros dándole la callada por respuesta. No hay arreglo posible.

Ni Melani tuvo la culpa de encontrar un lugar cálido para dormir ni Marisa de dejarlo encendido debido al cansacio que tenía. Para todo lo demás, Te Lo Garantizo.

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